A principios de los años noventa era una estudiante de bolsillos flacos, en Paraná. Pasaba buena parte de mis tardes revolviendo en las tres o cuatro librerías de viejo que había en la ciudad. Un día me topé con La balada del álamo carolina, un ejemplar bastante castigado por el tiempo y el descuido de sus dueños anteriores. Nunca había leído nada de Haroldo Conti. Me llamó la...


















