Hasta que entré en el Instituto de Cine, en 1962, trabajé esporádicamente en el negocio de mi padre. Eso me obligó a viajar por todo el norte de la provincia. Cada uno de esos viajes era para mí una verdadera tortura; a veces duraban tres o cuatro semanas y cada partida era un desgarramiento. Sin embargo, después, en el recuerdo, de esos viajes me han quedado imágenes maravillosas.
Aun hoy...






















