«Sólo con mirarlas a las dos, a tía Lucía y a mi madre, se comprendía de sobra lo que Dios pensó al arrojar a Luzbel a los infiernos: que resplandecía demasiado, como resplandecían ellas y por extensión también nosotras dos y nuestro hermano pequeño, Fernandito, y toda entera la isla de La Maraña, donde transcurrió nuestra niñez y nuestra juventud.»
La narradora de Donde las mujeres...

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