Con una prosa lúcida y madura, Yo no hablo con ella prescinde de la autocompasión para radiografiar la incomprensión familiar con una precisión clínica, convirtiendo el silencio en el personaje más feroz del relato.
Tres mujeres, dos ciudades y un silencio que se hereda como una condena biológica. A través de una narrativa punzante, la novela despliega el mapa del desencuentro absoluto...








